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                                                                              2010, AÑO INCIERTO

   Recibimos al nuevo año aún con el recuerdo de un 2009 marcado por la crisis que ha tirado por tierra las ilusiones y los proyectos de tantas y tantas personas que jamás creyeron en que algo así podría sucederles.
Pienso en todos aquellos que perdieron su empleo y no saben cuándo volverán a tener un trabajo digno de tal nombre. Tengo un recuerdo para los que se quedaron sin hogar por no poder afrontar el pago mensual de su hipoteca. Y también rondan mi memoria los empresarios que tuvieron que bajar la persiana porque la falta de liquidez terminó estrangulándoles a ellos y a los empleos que dependían de la buena marcha de su actividad comercial.
Si algo dejó claro el año que se nos fue es que nadie terminará estando completamente a salvo en los 365 días que ahora tenemos por delante. Me gustaría articular un mensaje esperanzador en medio de este ambiente desolador. Quisiera creer que estamos en manos de un Gobierno preparado y con suficiente sentido de la responsabilidad como para acometer las reformas económicas que el país está pidiendo a gritos. Pero, lo cierto y verdad, es que los años en el poder de Zapatero han acreditado sobradamente que es capaz de todo menos de hacer justamente lo que procede y lo que habría que presuponerle a un gobernante serio y responsable. Está claro que ZP no es ni lo uno, ni lo otro. Es el último representante de la izquierda sectaria, de aquella que reivindica lo peor de su historia, devolviéndonos a los métodos de la checa y a las jornadas más negras de la república roja que terminó en una sangrienta guerra civil. Eso sí, siempre respaldado y aclamado por sus palmeros de turno, por las barrigas agradecidas del nuevo régimen, por los vividores de siempre que pregonan su ‘progresía’ a los cuatro vientos mientras, en la práctica, actúan del modo más reaccionario posible, imposibilitando todo cambio para que nada pueda poner en riesgo su parasitaria forma de vida. A ellos les da lo mismo que el barco se hunda, como buenas ratas que son… serán las primeras en saber dónde está la vía de agua y en hacerse con un salvavidas para no hundirse con el resto de la tripulación.
   Han sido tantas las tropelías perpetradas por esta banda indigna de llamarse Gobierno, que cualquier atisbo para la esperanza queda aniquilado cada vez que alguno de sus ministrillos abre la bocaza para engañar a un vulgo demasiado habituado a la telebasura.
   Nunca pensé que tal grado de involución histórica sería posible. Jamás creí que los viejos fantasmas de nuestra sufrida historia renacerían de nuevo para devolvernos a las tinieblas que nuestra Constitución, aparentemente, había desterrado. En apenas un lustro, Zapatero lo ha logrado, él y los suyos han conseguido que nos avergoncemos de ser españoles.


                                                               LA DIGNIDAD DEL LIMPIABOTAS

   Y  yo que pensaba que habían desaparecido del mapa. Y yo que me creía que en la España políticamente correcta no había sitio para los limpiabotas. Pues mire usted por donde... resulta que sí, que ayer mismo me encontré a un limpiabotas ejerciendo su oficio con más dignidad que cualquiera de estos políticos de hoy en día, tan dignísimos ellos en las formas y tan ‘analfabestias’ en el fondo.

   Estaba en la cartagenera calle Mayor, en la misma puerta del Casino, y allí se afanaba el hombre, dándole lustre al calzado de un señor de avanzada edad, mientras ambos charlaban de ‘la calor’ que está haciendo. Yo me paré en seco y me quedé esperando, a ver si de debajo de alguna baldosa surgía algún miembro o ‘miembra’ de ‘la PSOE’, o algún militante o ‘militanta’ de Izquierda Unida, o algún activista o ‘activisto’ de ‘Ecologetas por la pasta gansa’... pero nada, por más que esperé...ninguno apareció. Y eso sí que resulta ‘raro, raro, raro...’ en este país tan ‘pogresista’ y donde no hay día en el que algún cantamañanas diga alguna patochada que haga subir el pan.

   De todos es sabido que la escena del limpiabotas hubiera ofendido la sensibilidad de todo ‘progre’ que se precie. A buen seguro que hubiese llamado ‘facha’ al cliente y habría increpado al limpiabotas para que se levantase en contra de la opresión que representa su denostado oficio. No me cabe duda que, de haber ocurrido así, el ‘limpia’ le habría respondido al fulano que le fuera con ese cuento a su María y a los churumbeles que le esperan en casa, cada día, y dependen de la recaudación de la jornada para poder echarse algo a la boca.

   Hubiese pagado por ver esa escena y escuchar tan ponderada respuesta, en estos tiempos propicios para la demagogia barata y el oportunismo que no tiene parangón ni en los mismísimos tiempos de Felipe González... que ya es decir.

   Regresé al periódico pensando en el limpiabotas y me puse a revisar el amplio archivo de recursos humanos que atesora esta casa. Y es que desde que empezó la crisis e incluso antes de que Zapatero se enterase, el aluvión de gente buscando empleo ya era considerable. A poco que revises los currículos te das cuenta de donde empieza la España real y donde acaba la España ficticia que está diseñando el iluminado de la Moncloa y sus ‘compis’ de la Esquerra Repúblicana, siempre dispuestos a echarle un capote al de la ceja, a cambio de un pastón que ponemos el resto de españoles.

   El perfil de los solicitantes de empleo es ya conocido: carreras recién terminadas, prácticas en diversos medios, trabajos temporales marcados por la precariedad y una foto con rostro sonriente donde muestran, a las claras, que aún no conocen el país en el que viven.

SERGIO JEREZ
Delegado de elfaro en Cartagena


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                                                     EN UNA CIUDAD CUALQUIERA....

José Luis Rodríguez Zapatero   No hay nada más saludable que pisar las calles de una ciudad cualquiera para comprobar el absoluto desfase que existe entre la realidad de la gente y la ficción de unos políticos instalados en su feliz mundo paralelo y para los ‘lelos’ que les votan con la misma devoción con la que los fieles adoran a sus santos.
Esta misma semana salí a hacer la compra y de camino al supermercado me fui cruzando con una serie de desconocidos que iban transmitiendo las verdaderas señales de esa misma crisis de la que el presidente Zapatero
fue el último en enterarse.

   Para no herir las sensibilidades de nuestra casta política, me reservaré el nombre de la ciudad, que podría ser cualquiera de las habitadas por unos contribuyentes tan cansados de la debacle económica, como de los políticos a los que les pagamos el sueldo para que busquen soluciones, más allá de la aritmética electoral en la que basan todos sus pasos y despreciando completamente aquello del interés general.

   No tuve que andar muy lejos para presenciar la primera escena crítica de la mañana. Pasaba a la altura del Ayuntamiento de una ciudad cualquiera, cuando una joven pareja abandonaba el Consistorio. Eran muy
jóvenes pero no tan jóvenes como el retoño que el padre llevaba entre sus brazos. Al lado del progenitor y la criatura caminaba la joven madre pegada al teléfono móvil y charlando con alguien que la escuchaba al otro lado. En su conversación, la chica mostraba su enfado por el hecho de haber acudido a Asuntos Sociales y haberse encontrado con la negativa por respuesta.

   Tratándose de un día de semana y a primeras horas de la mañana, me fue fácil deducir que los dos engrosaban las listas de parados, convenientemente manipuladas por el departamento de Propaganda del Gobierno ZP.

   Tampoco me fue necesario recorrer muchos metros más para encontrarme con otra pareja. En este caso eran dos inmigrantes de nuestra hermana América Latina. Con cara de estar pasando un trago amargo, el muchacho le decía a su compatriota que encontrar trabajo “estaba muy duro”. ¡Qué raro!, pensé yo, parece ser que no todo el mundo se ha beneficiado de las maravillas laborales que el ‘Plan E’ de ZP iba a dispensar a todos aquellos que se quedaran sin Empleo.

   Llegando al supermercado me encontré la tercera pincelada del día, mostrando a las claras la España real camuflada bajo el discurso socialista y la inoperancia de una oposición de mantequilla.

Allí, a las puertas del ‘súper’ había dos indigentes pidiendo con sendas latas en la mano. Su conversación tampoco tenía desperdicio: “¡Primo, búscate otro sitio que me espantas a la clientela!”.


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